La Sargento Matacho


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Cuando al día siguiente de ver una película sus imágenes retornan una y otra vez haciendo revivir, así sea fugazmente, sus escenas, es porque de alguna manera han afectado profundamente aspectos fundamentales del espectador.

Es por eso que resulta interesante considerar algunos momentos de la cinta, dejando libre su escogencia.

Si bien es cierto que la película puede considerarse como un tratado sobre la Violencia en Colombia, también es cierto que la cinta muestra la violencia misma como protagonista, con toda su crudeza; hace que el espectador la viva por contacto directo, sin intermediaciones, tal como es.

Por eso el cine es mucho más que un relato o una lectura: tiene el poder de hacer vivir lo que muestra, y el espectador vive la escena, se involucra en ella de manera intemporal, resultando tan viva ayer como en 1940.

Pero hay una variante de la violencia, quizás un poco más sutil, que llama la atención.

Aunque se trata más bien de un efecto nefasto de la violencia misma: la destrucción psicológica de la protagonista (¿de la heroína?) ; destrucción que tiene aspectos definidos, que es del caso tratar con mayor detenimiento.

La espantosa masacre que tiene que presenciar, en la que perece, entre otros, su compañero con quien acaba de realizar la última relación de amor, y que aterroriza a su pequeña hija, escena vivida desde la impotencia total, quizás genera en ella, no sólo sed de venganza, sino la idea de poder detener esa furia destructiva desenfrenada que reina en el ambiente, que produce devastadores resultados.

Ella resulta entonces encarnando, en forma individual, la contrapotencia furiosa necesaria para parar la desatada locura de la violencia.

Y eso la podría erigir, por un momento, como heroína que atrae la solidaridad y la simpatía de los espectadores.

Pero esa modalidad está condenada al fracaso por la manera singular que ella encuentra para encaminarse hacia ese destino; sin embargo alcanza a producir, así sea temporalmente, la ilusión de que alguien puede luchar contra la locura de la violencia.

Afectada profundamente por la masacre, y además arrestada por sus primeros actos de venganza, encuentra su momento y, aprovechando la doble debilitación del sargento – embriaguez y deseo – es capaz de matarlo con odio y satisfacción.

En ese preciso momento, sintiendo la potencia que esa muerte le otorga, ella es ahora el sargento que dejó de ser; es suya la gorra y la chaqueta, que de inmediato viste. Ella es de verdad el sargento que ultimó, y es allí, y no en el bautizo posterior, que se convierte en “la sargento”. En el bautizo posterior consigue es el apellido.

Esa identificación con el agresor es completa y ocupa todo su campo psicológico, por lo cual ya no puede ser lo que era: una mujer y una madre. De mujer sólo queda su cuerpo y su fecundidad. En el alma ya no queda nada, pare hijos pero no tiene hijos.

“¡No quiero más hijos!” exclama desesperada su hija mayor.

Y así, lo que pudo ser una heroica oposición a la barbarie se convierte también en barbarie, en una máquina de matar.

Al final, la película parece insinuar la necesidad de encontrar otras formas de encarar la violencia.

Canalizar el odio y la indignación como fuerzas que, al cambiar su fin, pero conservando su energía, puedan alimentar el esfuerzo por una distinta cultura humana en la que las agudas contradicciones puedan encontrar resolución en vez de quedar atrapadas en antítesis mortales.

Alfredo Reyes Corey

Psicoanalista

Cali, Valle del Cauca

4 Nov. 2014