NOTA DEL DIRECTOR

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Años cincuenta en Colombia, el llamado período de La Violencia. Mercenarios, bandoleros y guerrillas. Iglesia, fuerzas armadas y partidos políticos. Ciudad y campo. Ricos y pobres. Ese es el marco y por lo tanto La Sargento Matacho es también una película violenta. ¿Cómo no? ¿Pudo haber sido de otra manera? No quise bombardear al espectador con sangre, pero tampoco se la pude ocultar. No quise hacer de los excesos, las mutilaciones y los atropellos de toda clase, los protagonistas, pero no pude prescindir de ellos porque entonces hubiera desvirtuado la historia y la existencia misma de la Sargento Matacho.

La vida de Rosalba Velasco fue un absurdo, el producto de una sociedad que por momentos pareciera no tener otra forma de relacionarse. Pero quise que esta película se inscribiera más que en la cultura de la violencia –si es que tal cosa existe- en la estética de la violencia, que sí que existe. No me interesaba plantear preguntas ni ofrecer respuestas. Quise que la historia de Matacho produjera asombro y desconcierto y para ello debía contar esa historia bien contada. No me interesaba la anécdota ni los hechos en sí mismos, sino la dimensión humana de sus protagonistas y de la tragedia que representan. Si de esa manera el espectador se vincula a la reflexión general que requiere y vive el país en la actualidad sobre la valoración de la vida y de la muerte, sobre la violencia, la guerra y la paz; sobre el odio, la venganza, el perdón, el olvido y el resarcimiento; sobre las salidas que van más allá de las posturas partidistas o ideológicas,

creo que se estará aportando, desde la cinematografía y el arte, al proceso histórico nacional.

La Sargento Matacho muy pocas veces habla. Esto planteó un gran reto a la dramaturgia, a los actores y por supuesto a la realización. Insistí en que así fuera. Matacho debía negarse a hablar, o mejor aún, no necesitaba hacerlo. Así lo hicimos y así me gusta porque ayuda a que el espectador no sepa a qué atenerse con ella, como tampoco sabemos a qué atenernos con la violencia.

Quise que Matacho como personaje estuviera a la altura de las circunstancias históricas que lo engendraron y de aquéllas sobre las que hoy en día se proyecta; que se mantuviera al nivel del absurdo y de la multiplicidad de factores y motivaciones que actualmente nos afectan como colombianos. Espero que lo hayamos logrado.