MATACHO BANDOLERA


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Rosalba Velasco, alias la Sargento Matacho, surge del pasado como signo y símbolo de un fenómeno íntimamente ligado a la vida de los colombianos: la violencia como madre y maestra de niños y adultos, de hombres y mujeres.


Matacho, la bandolera del sur del Tolima encarna la tragedia de Colombia. La guerra en nuestro país no es un fenómeno extraordinario. Es el medio natural en el que han crecido más de cuatro generaciones y quizás la forma predominante de las relaciones y expresiones sociales, políticas y culturales. La violencia como lenguaje cotidiano. La violencia como imaginario psíquico, fuente de sentido y de identidad del individuo y la colectividad.


Como mujer, Matacho accede a un espacio tradicionalmente asignado a los hombres. Asume su papel protagónico como combatiente, con un comportamiento agresivo, desafiante del dolor, del sufrimiento y del miedo. Por eso maravilla o desconcierta a sus compañeros de cuadrilla y a sus enemigos. Porque rompe con conductas socialmente aceptadas y con el imaginario arquetípico masculino que confiere a la mujer la dulzura, la pasividad, la solidaridad y la obediencia.


Matacho desafía estereotipos de género y sociales. Ante la devastación de su mundo emocional, afectivo y físico, Rosalba Velasco reconstruye su identidad fundiéndose en una entidad mayor, de carácter absoluto: la Muerte, la Violencia. No asume el papel de víctima pasiva ni el de refugiado o indefenso, papeles asignados tradicionalmente a mujeres, ancianos y niños. Su instinto de supervivencia no deja que se paralice ni se resigne. Sus mecanismos inhibitorios se desarticulan y transgrede el ordenamiento, la costumbre, lo esperado. Su comportamiento no sigue formulaciones ideológicas; surge desde lo más íntimo de su existencia y toma la más irracional de las rutas: la barbarie.


Por todo ello Matacho asombra y desconcierta. Su destino como mujer, madre, amante, bandolera, nos cuestiona.